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Qué seríamos capaces de hacer si no tuvieramos miedo?

06/08/2015

El dolor de no haber logrado lo que fuimos capaces de lograr

Es muy probable que en el fuero íntimo de cualquier persona y en las anécdotas relatadas en los divanes u otros intentos terapéuticos, nos encontremos con el dolor provocado por la frustración de no haber logrado aquello que hubiéramos sido capaces de lograr.

En este estado, y según las características e idiosincrasias personales, algunos logran enfrentar el dolor y empezar de nuevo intentando otros caminos. Otros, en cambio, quedan paralizados en una dolorosa añoranza que los deja sin fuerzas ni estímulos para recuperar lo que aparece como pérdida irreversible.

Los primeros logran aprender del fracaso y pueden vislumbrar algo nuevo en el escenario de sus vidas; los segundos, sienten la penumbra de lo que se perdió y la poca lucidez mental les impide aprender y volver a empezar.

De esta manera, los primeros enfrentan la adversidad sin temor, mientras que los segundos quedan invadidos y con la mente oscurecida por un miedo paralizante que los conduce a la depresión y a la angustia. En este estado emocional adverso, el miedo potencia aún más la parálisis del pensamiento y la indecisión para una acción liberadora.

El temor es un bloqueo y condicionamiento mental que origina confusiones a veces inadvertidas por el propio sujeto, al punto de inducirlo permanentemente a no actuar, impidiéndole toda posibilidad de aprendizaje y salida ante las situaciones fallidas, las pérdidas o el dolor.

El temor actúa como una fuerza que suprime la actuación espontánea, autónoma y constructiva de la persona afectada, impidiéndole lograr nuevas metas o reformular objetivos útiles para sí mismo y los demás. Es el caso de quienes por temor han quedado estancados en la vida, con el resentimiento de no haber podido lograr o hacer lo que hubieran deseado.

Cuando esto ocurre, la mayoría le atribuye a otros o a ciertas circunstancias externas las causas de no haber llegado a las metas y propósitos anhelados. Culpando a otros, en realidad se logra calmar la ansiedad y anestesiar el dolor moral que provoca la sensación de fracaso.

De esta manera, la vida se nos pasa esperando lograr algún día nuestras metas deseadas. Mientras tanto, el dolor queda en un estado latente que impide ver la causa real que nos llevó a no haber podido lograr o hacer aquello que hubiéramos sido capaces de lograr o hacer.

Y aquí aparece una trampa en la que, por inadvertencia o presunciones mágicas, caemos permanentemente. Es la trampa que no nos deja despegar ni salir hacia un campo de realizaciones constructivas. Se trata de una trampa silenciosa y oculta que, mientras nos hace ilusionar mágicamente en alguna salida, se desliza el temor a fracasar bloqueando la mente e impidiéndonos decidir y actuar.

El temor a fracasar tiene un antídoto infalible: la confianza en nuestras capacidades. De allí que para dejar de vivir esta parálisis que oscurece la vida personal, debemos trabajar con nuestras propias emociones para valorar lo que realmente somos.

Fuente: /www.dionisio.com.ar/

 




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