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ESCRIBIR LA PROPIA HISTORIA

29/08/2012

Luisa Díaz Ortega

"Escribir es tratar de saber lo que uno escribiría si uno escribiera" Marguerite Duras.

El destino, como una escritura predeterminada (anterior) del devenir de un sujeto, supone la idea de que hay Otro que sentenció su vida. Otro que se desconoce y dijo algo, de lo que por cierto tampoco se sabe, pero que sin embargo organiza su existencia de algún modo. Esta conceptualización de la vida nos permite atribuirle a ese Otro un saber, el cual nos ordena, nos da referente y también nos posibilita para quedar libres de responsabilidad sobre lo que nos acontece... no tenemos mucho que hacer...mucho que decir...todo estaba escrito.

La noción de destino tiene algo de mágico, sobrenatural, esoterismo quizás, esto en la medida que ese Otro está representado por las estrellas, las brujas o el más allá, o quien sabe qué. Pero si rescatamos de esta noción la idea de que existen determinaciones que coartan o alientan la vida de un sujeto nos podemos acercar al campo de la neurosis y así también al gran desafío de un sujeto: escribir su propia historia.

A esta conceptualización llamada destino, en psicoanálisis la podemos nombrar como neurosis, así se comporta la estructura del neurótico (la estructura de las personas "normales"). La necesidad de hacer existir a Otro, es una necesidad neurótica que le permitiría al sujeto obtener garantías de como resolver su singularidad. Descansamos en el supuesto de que Otro sabe, le pedimos respuestas y seguimos con cierta obediencia ese saber. La religión, los padres, la lógica del consumo, son algunos ejemplos de ese Otro que impone una cierta ideología a seguir.

Responder a esa normativa, esa obediencia neurótica, tiene como consecuencia ceder al propio deseo, una comodidad que puede llegar a tomar la forma de fracaso, inferioridad y tantos otros fantasmas. Al hacer existir al Otro quedamos necesariamente en sometimiento, el neurótico tiende así a posicionarse con pasión (padecimiento) frente a un destino: a cambio de garantías quedamos en deuda.

Es cierto, muchas palabras han sido prestadas para escribir nuestro discurso, muchas marcas heredadas, posiciones y lugares que se repiten.

El lugar de la familia, los estudios, el rol de la mujer o del hombre, el valor del dinero, del esfuerzo, el lugar de la sexualidad, las buenas costumbres y tantos otros, son significantes marcados en la historia de un sujeto y que sirven de referencia para comenzar a vivir.

Así, tomamos conciencia que muchas elecciones vienen marcadas por esto, lealtades que pueden concretarse en decisiones como nombrar al primer hijo igual que el padre, trabajar en la empresa familiar aunque la deteste, casarse con la mujer "correcta" aunque no la ame, intentar ser la madre soñada que impone la publicidad y los libros de autoayuda, la soledad como un malentendido de la valentía, los fracasos en la vida en pareja y miles y miles más. Empresas e historias con sucesión, una herencia poco afortunada una mal-dicción.

Afortunadamente el deseo insiste y a veces son los síntomas los que nos dan noticia de éste. Cuando lo imperioso del deseo hace al "destino" insostenible, el sujeto comienza a vivir la caída del Otro y el conflicto entre sostener el deseo y perder garante, o ceder en deseo a cambio de una supuesta seguridad se pone en juego.

Estamos en el punto de reconocer que las cosas no están funcionando, aparece la angustia y sofisticados síntomas que se organizan en torno a ésta. Es confuso entender que un sujeto quisiera ceder a su deseo vía el síntoma, sin embargo ocurre.

Sostener el propio camino en ciertos lugares (familias, sociedades, grupos) es difícil, el temor al exilio subjetivo nos hace volver. El deseo tiene algo insoportable para el sujeto, no hay garantías, no hay respaldo, en esa elección estamos solos, la contingencia de la vida se vive y el miedo a caer en el abismo nos hace retroceder. Sin embargo son fantasmas, lo cierto es que nada nos asegura nada, ni aquí ni allá, es una apuesta...la apuesta a escribir la propia historia, a crecer, a crear la vida, a hacernos responsables de nuestro acontecer. Nada fácil.

 




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