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Una reforma educacional que abandone la indiferencia

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Martes, 22 de Julio de 2014

Una reforma educacional que abandone la indiferencia
Ps. Evelyn Ortega S.

"Me da miedo decir que no entiendo", "es que la tía no me pesca cuando yo le pregunto", "llegan y nos ponen una película....", "es que el profe no enseña, dicta, dicta, dicta y no alcanzo a copiar", "ya no quiero tomar más pastillas si puedo estar quieto y escribir, yo no soy tonto si aprendo", "es que hay profes que no están ni ahí con uno", "en mi colegio, no me apoyan"... esto que es una queja que se repite en la consulta con niños, niñas y adolescentes nos habla de una tragedia poco escuchada en la discusión de la reforma educacional; y es que si bien, los estudiantes quieren entender, aprender y en ellos hay ganas de que los profesores les pongan atención, hay un sistema educativo que responde mirando hacia otro lado... el de la indiferencia.
El vínculo entre profesores y estudiantes condensa toda la política pública de educación en un país.
La queja de los niños, niñas y adolescentes en consulta nos habla de que este vínculo no es posible así como están las cosas: con profesores que no pueden programar sus clases y por tanto pensar en cómo enseñar para que sus niños puedan efectivamente aprender, que no es posible con un profesor o profesora que tiene que atender a 30, 35, 40 estudiantes en sala. Que con un profesor que tiene que correr de un lado a otro para completar sueldo es imposible que disfrute y pueda realizar su oficio. Que una tele, un computador o un proyector son apoyos a la labor educativa y no son lo mismo que una persona haciendo clases. Y agregar que aun cuando la medicina ha intentado solucionar esta situación suministrando el salvavidas farmacológico; ha legitimado en este gesto que son los niños y niñas quienes tienen déficit de atención. Pero la falta de atención viene de otra parte, y no hay pastilla que pueda maquillar esa indiferencia.
El sistema educacional en Chile requiere una profunda modificación que considere variables humanas simples. Hace 50 años los profesores y profesoras tenían la exclusividad a la hora de educar y orientar a los niños, cada docente que trabajaba según este objetivo (y no otro) sabía que lo fundamental era conocer a cada uno de sus niños y niñas dentro de la clase. Los niños y niñas tenían nombres, rostro, una familia, una cierta situación social, pasaban periodos de problemas y otros de tranquilidad, tenían por esto buenos y malos días, sus maestros sabían de esto y desde allí trataban de articular los recursos necesarios para que siguieran aprendiendo, había afecto y atención, los niños respondían con cariño y respeto.
¿qué fue pasando?, pasó que las escuelas, colegios y liceos fueron incorporando la perspectiva de que la presencia del profesor/a en el aprendizaje es menos importante, y que a cada edad los seres humanos aprendemos de la misma manera; por tanto este proceso se puede realizar a través de una clase estándar para los estudiantes o que los profesores pueden ser suplantados por una pantalla (tv, computadora, proyector, etc.). Se optimizó el proceso. Pero cuando se optimiza hay que evaluar también qué se pierde, en este caso lo que se pierde es que el aprendizaje se da en el contexto de una relación entre personas, que hay deseo de saber allí motivado por otro, que éste también tiene el deseo de enseñar y guía entonces a un niño, niña o adolescente desde sus intereses hacia la adquisición de mayores y mejores aprendizajes. Cualquier optimización en educación que deje fuera esta experiencia está condenada al fracaso, que es la situación del sistema educacional en Chile: optimizando el vínculo se ha instalado una dura indiferencia que no es endosable a los profesores, sino que justamente responde al efecto de una lógica deshumanizada a la hora de construir el sistema de educación en nuestro país.
En este sentido una reforma educacional en Chile ha de ser capaz de derribar esa indiferencia con un Estado que sea capaz de proporcionar una educación en el vínculo, es decir, otorgar a los profesores las condiciones adecuadas para realizar su trabajo: un salón con no más de 20 alumnos, con profesores que puedan programas sus clases destinando 1/3 de sus horas a este trabajo, con sueldos que les permitan vivir, y con una infraestructura que les permita a los niños, niñas y adolescentes aprender en un ambiente acogedor, seguro y amable.
Los niños se quejan de sus colegios, salen a la calle a protestar hace años. Cada vez con mayor volumen piden al mundo adulto hacer esfuerzos por traspasar la indiferencia e implicarnos en la causa pedagógica; hay deseo de presencia del que sabe en esa queja y en esa protesta. Los gremios, los padres, las madres, las instituciones, los psiquiatras, psicólogos y nuestros gobernantes, decidiremos hasta dónde somos capaces de escuchar, y qué vamos a hacer con esto que nos quieren decir.

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