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Sufrir y gozar, la maternidad ambigua

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Martes, 23 de Septiembre de 2014

Por Carolina del Olmo

Empujaba el cochecito durante horas y horas, o al menos, eso me parecía". Prácticamente cualquier madre urbana reciente podría suscribir esta frase. O al menos, esa es la impresión que saqué cuando, abrumada por la sensación de aislamiento y soledad que experimenté al nacer mi primer hijo, decidí realizar una serie de entrevistas entre las madres que se me ponían a tiro".

Sin embargo, la mujer que empujaba el carrito en soledad durante horas y que afirmaba que "no existe aburrimiento más tremendo que el de una mujer joven e inteligente que se pasa el día entero con un niño muy pequeño" era Doris Lessing y escribía en 1941, es decir, hace ya 73 años. 35 años más tarde, en 1976, Adrienne Rich publicaba su monumental Nacemos de mujer , en el que hacía un desgarrador relato de su experiencia maternal: "Mis hijos me causan el sufrimiento más exquisito que haya experimentado jamás. Se trata del sufrimiento de la ambivalencia: la alternativa mortal entre el resentimiento amargo y los nervios de punta, y la gratificación plena de la felicidad y la ternura".

¿Cómo es que, después de tantos años, a la mayoría de nosotras nos sigue golpeando el mismo "descubrimiento" de la soledad y los sentimientos en conflicto? Y lo que es más grave, ¿cómo hemos permitido que hayan fracasado los sucesivos amagos de sacar la maternidad de los apartamentos y los parques para incluirla en la lista de las cuestiones sociales y políticas de primer orden que necesitamos abordar en común?

Hay quien sigue pensando que el principal problema es ese relato mistificador de la maternidad como circunstancia idílica y plena en la vida de cualquier mujer. Esas almibaradas estampas a las que nos tiene acostumbrada la prensa del corazón nos prepararían muy mal para una experiencia de largo recorrido marcado por la ambivalencia. Pero fuera del mundo rosa de las famosas, en los últimos años el mito de la maternidad felicísima se ha ido resquebrajando. Son muchos los testimonios de puerperios infelices, y maternidades sufrientes que se abren camino en ese escaparate de la intimidad que es Internet, y llegan hasta las páginas de revistas y libros. Y son también cada vez más quienes se convencen de que la vida childfree les ahorrará muchos sinsabores.

Me temo que estamos sustituyendo un mito por otro. ¿Realmente son consustanciales a la maternidad los sufrimientos que relatan muchas madres (y un número creciente de "nuevos padres" que asumen a fondo el cuidado de los hijos)? ¿Es inevitable que el puerperio se convierta en una fase de aislamiento e incertidumbres? ¿Es razonable y perfectamente natural sentir ramalazos de agresividad hacia los hijos y vivir las imperiosas necesidades de un bebé como cortapisas a la propia identidad y libertad? Dicho de otro modo: ¿así es realmente la maternidad y lo que necesitamos es sólo construir un nuevo relato que nos prepare para los sinsabores a las que decidimos seguir adelante y haga a otras muchas desistir?

No lo creo. No podemos seguir pensando en la maternidad como algo ajeno al devenir histórico y perteneciente al ámbito de lo privado. La maternidad y la paternidad son situaciones radicalmente sociales. Y es difícil imaginar una sociedad menos apropiada para la crianza y la experiencia del cuidado que la nuestra. Valoramos la independencia y la autonomía más allá de lo razonable y nos empeñamos en no ver que para llegar a ser -o fingir que somos- autónomos todos hemos pasado y pasaremos de nuevo por etapas de radical dependencia, en las que sólo una densa red de relaciones personales nos ha permitido sobrevivir y madurar. Una red de la que, en el fondo, seguimos dependiendo en todo momento.

Los embates del mercado siguen corroyendo día a día los pocos cementos sociales que nos quedan, abriéndose camino en nuestros hogares e incluso en nuestras mentes: cada vez más, nos vemos a nosotros mismos como consumidores que tratan de maximizar sus opciones en un supermercado infinito. Nos vemos obligados a trabajar 40 o 50 horas a la semana, perdiendo un tiempo precioso en desplazamientos urbanos y jornadas partidas. Y eso cuando tenemos la suerte de tener un empleo. El dinero, o su falta, tiñe la práctica totalidad de nuestras vivencias. Todo lo que tiene que ver con los cuidados es sistemáticamente devaluado e invisibilizado, y estamos tremendamente mal preparados para aceptar la vulnerabilidad -la nuestra y la de que quienes nos rodean.

Y a pesar de la realidad palpable de este entorno hostil, seguimos prefiriendo sistemáticamente las explicaciones internas que intimizan y privatizan nuestras experiencias. Las hay de corte psicológico, como las que aducen que la maternidad nos pone en contacto con esa herida abierta que nuestra propia infancia y una crianza represiva habría dejado en nuestro interior. Y las hay más biologicistas, como las que argumentan que la oxitocina sintética suministrada en un parto medicalizado o la separación madre-bebé debido a alguna desastrosa práctica hospitalaria impidió una primera vinculación correcta o tal vez frustró una lactancia bien establecida que, según no sé cuántos estudios, favorecería a través de la liberación de ciertas hormonas el desarrollo del apego y la sincronía madre-bebé... Nos hemos acostumbrado a que los libros de crianza se centren de forma obsesiva en la "díada" madre-bebé, como si ese claustrofóbico espacio cerrado en el que muchas, en efecto, nos vemos obligadas a vivir las primeras fases de la vida de nuestros hijos, fuera el entorno normal o natural para un proceso de este tipo y como si todo lo que pudiera ayudarnos o estorbarnos en esta etapa fuera a surgir de nuestro interior.

Pero para conquistar nuestro derecho a una maternidad decente -más o menos feliz: no todo van a ser mieles-no necesitamos guías terapéuticas ni consejos expertos de ningún tipo, ni tampoco difundir un relato en el que la maternidad aparece como una dura prueba que no es para todas. Lo que necesitamos es remover en profundidad los cimientos de esta sociedad. Sin ir más lejos, una reducción significativa de las jornadas laborales y un reparto más justo de la riqueza harían infinitamente más por la felicidad de madres, padres e hijos que dejar entrar aire fresco en nuestros inconscientes reprimidos o disfrutar de un embarazo decente, un parto respetado y unos buenos comienzos (cosas que, por supuesto, también debemos exigir).


Carolina del Olmo es autora de ¿Dónde está mi tribu? Maternidad y crianza en una sociedad individualista (Capital intelectual).
http://www.revistaenie.clarin.com/ideas/Sufrir-gozar-maternidad-ambigua_0_1215478460.html

 

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