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No me dejan crecer

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Miercoles, 15 de Septiembre de 2010

Constanza Michelson

Leí que un libro llamado “no quiero crecer” se convirtió en todo un hit, honestamente no lo he leído – no sé por qué pero como que los psicólogos tendemos a no leer a nuestros compatriotas, en fin… El punto, es que me llevó  a pensar más allá de los sobrevalorados arículos sobre la denominada generación canguro (siempre se escoge alguna especie animal para explicar científicamente algún comportamiento humano, en este caso lo “mamón”) donde las explaciones tienden a centrarse en la supuesta comodidad de los jóvenes de hoy, es decir sería por una razón de tono agradable el algunos se demoren en partir del nido.

No sé, si este discurso se habrá masificado, ya que los psicólogos en la práctica clínica nos encontramos no pocas veces con estas respuestas, aunque al avanzar algo más aparecen razones en absolutas voluntarias, conscientes y menos aún placenteras.

Muchas veces estos jóvenes que se supone no quieren abandonar la familia de origen, más bien no son dejados, en tanto responden a códigos implícitos de lealtad familiar. Por ejemplo, jóvenes que fracasan en lo académico y laboral (resaltando el problema en ellos, este sería como el diagnóstico explícito) encontramos que tienen por ejemplo un padre excesivamente narciso, quedando éste último como el único “capaz” de la familia; y aún peor siendo admirado por esos hijos a quienes humilla. Escuchamos en esos casos “nunca será como el padre, es que el padre es un genio”, “este hijo nunca se podrá hacer cargo de la empresa” (cunando en el fondo este padre no quiere ser reemplazado). Otro ejemplo, son esos jóvenes que sufren de una desmotivación crónica; encontrándonos que muchas veces resultan ser fervientes compañeros de alguna madre depresiva no asumida. En este sentido, si este joven hiciera algo con su vida esa madre quedaría sola. En esta línea tenemos a quienes no dejan el hogar porque inconscientemente saben que si no están, los padres se encontrarían con el peor de los desencuentros entre ellos (parejas donde hace ya mucho tiempo no pasaba nada, nada más que preocuparse de un hijo que “no quiere crecer”).  Cuántos se enferman o se inhabilitan de diversas formas, finalmente para distraer (incosncientemente) a padres que sólo se representan en lo parental ya que han fracasado en otros ámbitos? O que no quieren asumir que han envejecido y que no son necesarios de la misma manera? Otros tantos fracasan en su vida amorosa por no destituir ni a su madre ni a su padre, dependiendo cada caso. Son conocidos casos donde personas de ya avanzada edad – al menos cronológica – pueden emparejarse luego de que sus padres fallecen.

Freud lo decía en “Los que fracasan cuando triunfan”: aquella lealtad neurótica al padre, que impide ser mejor que él. Tendencia que se expresa en esos boicots justo al final de la carrera, a pasos del triunfo, satisfacción, libertad. Vocación de segundón que no nos permite asumir un deseo decidido.

De ahí que el llamado es a quienes se sientan estancados, inhabilitados de llevar un propio camino, ver criticamente a sus familias- ejercicio que puede dar mucho miedo, pero que los adolescentes conocen bien y que saben que no por eso se cuestiona el amor- revisando quizás que inecesaria lealtad están cargando.

No podemos obviar también el llamado a los padres a aceptar que amar a los hijos significa poder soltarlos, permitirles que puedan crear su propia historia sin esperar tener un papel protagónico: los papeles secundarios también son importantes y además dejan espacio para interpretar otros roles.

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